16 de diciembre de 2017

JLGMartín y una reseña

HA publicado JLGMartín una reseña de Mundo es. Sus opiniones literarias, políticas, ortográficas o tipográficas son ahora irrelevantes, elogiosas o críticas. Algunas otras, sustentadas en citas manipuladas y sacadas de contexto, sólo persiguen con tono hueco la mentira y la insidia, y son ridículas. Van aquí completas esas citas (*):

1: "Al contarle luego a M. todo lo sucedido en un trayecto de apenas veinte minutos y menos de dos kilómetros, me dijo con aire circunspecto: «Menos mal que eran dos chicas, porque de haber sido chicos, podrían haberte dado una paliza al ver el dinero, pensando que les ofrecías otra cosa». Ni se me había pasado por la cabeza. Decididamente la novelista es ella. Uno no da más que para hechos, sólo hechos". 

2: "Se dirá que Proust no habla de un hombre o de una mujer, sino del deseo amoroso, común a todos, y es cierto, eso lo hace como pocos. El deseo va más allá del género. Pero el deseo, para que sea verdaderamente universal, ha de encarnarse en un particular. Y ese particular ha de ser hombre, mujer u homosexual, en todas las proporciones que se quiera (alguien es más hombre que mujer, o más mujer que hombre, u homosexual, siendo heterosexual, etcétera), ya que el deseo no siempre es «puro»".

y 3: "Hace años, y a ­propósito de la pederastia del poeta GdBiedma, cruzamos RR. y yo en La Vanguardia un par de cartas curiosas. Ella no lo defendía, claro, por pederasta, a tanto no se atrevía (en el fondo, la pederastia de un amigo le daba lo mismo, siempre que no se cebara con sus nietos), sino por creer que a un «gran poeta» amigo suyo, inteligente y rico, se le debe tener una consideración y disculparle como excentricidades lo que en otros serían delitos".

Y como se dice en esa reseña: sin comentarios.
Bueno, sí, uno, pero pequeño, como recuerdo: ahora que han quedado descubiertas mentira e insidia, ¿corregirá la reseña, rectificará JLGM.? Ah, no. Se azorrará, "jeje, una semanita pasa pronto", y la camuflará la próxima semana con una nueva búlsit (que es a bullshit lo que football a fútbol).

(*) Para los amantes de los detalles exactos: venía aquí, hasta hace un momento, el siguiente párrafo, que he suprimido cuando JLGM decidió al fin publicar estas notas. Al contrario que otros y si es menester, me gusta corregir y corregirme: "Y comprendo que haya censurado en su blog los fragmentos originales, cuando, en atención a sus lectores, se los he enviado. Van aquí, al no haber podido estar allí, donde debieran".

10 de diciembre de 2017

El mapa del tesoro

PUEDE visitarse estos días en la Biblioteca Nacional una exposición fascinante. Volveré a verla cuantas veces me sea posible. La han titulado “Cartografías de lo desconocido”. Es una exposición prodigiosa de mapas, el mundo en toda clase de mapas con toda clase de representaciones en toda clase de tamaños y soportes. Pasar a un papel un país o un continente fue en tiempos tanto o más arduo que la creación de ese país o el descubrimiento de ese continente. Hasta llegar a los caballeros del punto fijo (aquellos  científicos que cargados de toesas y teodolitos recorrieron América fatigando la invisible línea del Ecuador), el hombre  necesitó de toda su capacidad de abstracción para representar en dos dimensiones lo que tiene tres. Un milagro no menor que el del niño que quería, ante la mirada perpleja de Agustín de Hipona, meter con una venera todo el mar de Cartago en un hoyo de la playa.

Decía Unamuno, cuando romanceó los ríos castellanos, que los nombres “geográficos y los toponímicos llevan un paisaje, y a veces basta sólo con oír la palabra para adivinar lo que pueda ser la tierra que recibió aquel nombre”. Esto mismo lo sabía bien Emily Dickinson. Nació, vivió y murió en Amherst, pequeño pueblecito de Nueva Inglaterra, y acaso por ello mismo necesitó viajar en sus poemas al Teide y al mar Caspio, al Himalaya y a Italia, sinónimos para ella de dicha y libertad.

Me recuerdo de niño (y el recuerdo lo comparten otros) leyendo en el dial del viejo aparato de radio familiar los nombres que para mí se asociaron desde entonces a melismas especiados (Tánger, El Cairo), a lenguas de pedernal (Sofía, Helsinki) y a otras musicales (Lisboa, Roma, San Marino). A aquel niño le bastaba el nombre de cualquiera de esas ciudades para transportarse hasta allí como en un cuento de Las Mil y una noches. En esa exposición están los mapas que contienen todos los nombres imaginables, incluidos los de las islas Baratarias que en el mundo han sido, advirtiendo de paso que el mejor amigo del hombre es un mapa. Cuántas expediciones, peligros y fracasos detrás de cada uno de ellos. Miramos absortos, fascinados, minuciosos. Gracias, cartógrafos, por recordarnos que el mapa del tesoro es casi siempre más valioso que el tesoro y el mapa mismo tanto o más hermoso que el país que representa.

    [Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 10 de diciembre de 2017]

2 de diciembre de 2017

Qué sé yo

Hace siete siglos y huyendo de la peste de 1348, diez jóvenes se refugiaron en una villa próxima a Florencia. Ese retiro les permitió hablar de lo humano y lo divino, dando origen sus cuentos, historias y relatos a un libro  más serio de lo que se cree y menos licencioso de lo que se dice, el Decamerón. Huyendo de la peste actual, seis amigos, no tan jóvenes, nos dimos cita en un paraje idílico de la Aquitania, departamento de Dordoña, distrito de Bergerac y cantón de Vélines. El paraje es extraordinario por su belleza, desde luego, pero tanto o más por su carácter simbólico. Allí nació, vivió y murió Miguel de Montaigne, señor de aquel dominio. Durante unos días conversamos también nosotros de todo lo humano y lo divino, sin evitar los asuntos licenciosos (en realidad de aquello que en política es obsceno). Fueron en verdad dos días memorables. Ni siquiera la tristeza que cruzó de modo pasajero, como pasan los ángeles, algún pensamiento íntimo, nubló la alegría que reinaba en el grupo. Al contrario, acaso fuese esa tristeza la que “acendró la alacridad”, dicho en expresión del señor de la Montaña.

Pertrechado con mi primer Montaigne (unas páginas escogidas y editadas hace cien años en un tomito de viaje que el sabio Alfonso Reyes tenía por la joya de su biblioteca),  nos acercamos a ese lugar que hoy se llama Saint-Michel-de-Montaigne. Él habría sido el primero al que le hubieran hecho gracia esos equívocos guiones que le acercan a la santidad, teniendo en cuenta que “nada de lo humano” le fue ajeno. Sus Ensayos, que debieran retitularse Ensayos íntimos, nos retratan maravillosamente a un gran hombre (no por su estatura) juicioso, divertido, culto, inteligente, noble, desprovisto (casi siempre) de prejuicios, atento a los detalles exactos, sincero (ma non troppo: “no siempre hay que decirlo todo”), leal con el amigo (“porque era él, porque era yo”, así resumió, de modo sublime, su amistad con Étienne de la Boétie) y siempre animoso en el fragor de los negocios, de la política, de la guerra, de la peste (también él) y de unos achaques de salud que a otro hubieran malhumorado o amargado. La vuelta a casa la hicimos pertrechados con una de sus míticas preguntas: Que sais-je? Quien está en condiciones de hacérsela, ya sabe y tiene andado mucho. Nosotros, modestamente, también: la peste pasará.

    [Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 3 de diciembre de 2017]

1 de diciembre de 2017

Mundo es

PARECE que ha llegado ya a las librerías estos días de atrás la última entrega del Salón de pasos perdidos. Se la deseo a sus lectorxs corta y larga, como suele decirse. Bien sé los buenos ojos con que la mayoría de ellos las lee. Se lo he agradecido siempre y se lo agradezco ahora. Todos y cada uno de ellos forman parte para mí de ese "a quien conmigo va" que lo dice todo.
Aquí va el prólogo. No te quitará mucho tiempo. Es corto, no sé si largo.

* * *
«Cuando escribo, me las arreglo muy bien sin la compañía ni el recuerdo de los libros, por miedo a que interfieran en mis ideas», escribe Montaigne. Una de las fantasías que más tientan a los hombres inteligentes es la de fingirse sinceros y menos inteligentes de lo que son en realidad. ¿Por qué? Quién lo sabe. En su caso, no hay libro que dependa más de los libros ajenos que esos Ensayos en los que glosó todos los que se habían escrito desde la Antigüedad hasta ese momento. En cambio, se acercó bastante a la verdad al confesar esto (y habría que retitularlos Ensayos íntimos): «Para lo que yo quiero me viene muy bien escribir en mi casa, en una región medio salvaje, donde nadie puede ayudarme ni corregirme y en la que no suelo oír a nadie que entienda el latín de su padrenuestro, y apenas el francés. La hubiera hecho en otro lugar, pero habría sido una obra menos mía. Y su fin y perfección principal radican en que sea exactamente mía». Y declara a continuación que no evita ni los errores de lengua que le son propios ni «ninguna de las expresiones descaradas de las que se emplean en las calles francesas».
La aspiración de Valdés y Cervantes de escribir como se habla se ve que es secular y de cualquier parte, y «que toda afectación es mala», por carta de más o de menos.
Al publicarse Sólo hechos, X y Z, dos buenos amigos, me aconsejaron suprimir los prólogos que van al frente de cada entrega. En el último se trataban asuntos de oficio, si este Spp es o no una novela, y cosas por el estilo... «Mejor el asesinato que la explicación», recordó X, citando a su amigo JBergamín, y añadió: «Haz como Knausgård, y entra directamente en el relato. Su obra es ­extraordinaria. ¿La has leído?». Reconocí avergonzado que no, perdiendo con ello la oportunidad de parecer un hombre de mi tiempo. En cuanto a Z, me aconsejó que debería ir desentendiéndome de las porfías literarias que tanto afean cualquier obra distinguida. 
El caso es que a mí me gustan los prólogos, porque casi nadie les presta atención. Vienen a ser como esos carraspeos de los instrumentos musicales, antes de que salga a escena el director de orquesta. Y si no cuento las cosas que me pasan, ¿de qué podría hablar? Pero estoy de acuerdo con Z: nada me mortifica tanto como formar parte del «mundillo literario». Y qué vergüenza paso cuando en una oficina cualquiera o en la consulta del médico me preguntan qué profesión tengo. Ya casi nunca digo «escritor». Estoy deseando que me llegue la edad para poder presumir de «jubilado». Y claro que podría escribir de otras cosas si llevara otra vida, pero eso significaría que habiendo llevado otra distinta, no habría vivido lo mejor de la mía ni, por descontado, conocido a X y a Z, también del «mundillo», a su pesar. Decididamente, hace uno lo que puede con lo que tiene a mano, «exactamente mío». 
Me parece bien dejar que estos libros se vayan haciendo un poco solos. Comprendo que se les reproche la falta de cultivo o cultivarlos en estos arenales nuestros, pero entiéndase también que quiera yo «sembrar avena loca ribera de Henares». Me gustaría que se tomara esta mía por literatura estival. Y que quede a la orilla de un camino o de un río, alegrando a los que pasan. Si pasan; y si no, ya pasarán. Hay tiempo. 
No cabe por mi parte mayor sinceridad. 

Ilustración de cubierta: dibujo de Javier Pagola

26 de noviembre de 2017

No son trapos

LOS que hayan leído algo a Cervantes recordarán ese momento, tan bien descrito por él: los pasajeros de un barco avistan otro en alta mar. No se ve aún el pabellón que ondea en su palo mayor, pero advierten que esa nave ha aprorado hacia ellos. La angustia crece en el pasaje. Algunos rezan para que no sean piratas berberiscos. En cuanto distingan la bandera conocerán su suerte, su destino de libertad o cautiverio. Las banderas no son trapos, son símbolos, y en ellos está cifrado de una manera sucinta y exacta cuanto representan.

En este misma pagina escribió uno, hace ya años, lo absurdo que era enarbolar una bandera como la republicana que, sobre ser anticonstitucional, no representaba ya nada bueno que no se hubiese alcanzado bajo la actual bandera del reino de España.

El uso de esta última, sin embargo, suscita  entre muchas almas bellas  rechazo y suspicacias. Los que quieren racionalizarlo, arguyen con un subterfugio: “Yo no soy de banderas”, o “Para mí todas las banderas son iguales”. ¿De verdad creemos que son iguales la nazi y la francesa en el París de 1940? ¿La del bajel del arráez Dali Mami y la de una galeota veneciana? Preguntado de otro modo: quienes repudian la bandera española, ¿están, de veras, negando lo que ella representa, una libertad y prosperidad como jamás se han conocido en España y, desde luego, la Constitución democrática que las ha hecho posibles? Claro que al ser las banderas una abstracción, se prestan a veces a lucubraciones y mentiras, más o menos literarias, y puede alguien, por fantasía, tener en su casa una bandera confederada, pero ha que saber que esa también fue la de los esclavistas y la que sigue usando el KKK. Oímos a veces en un arranque melancólico: “Es que de la bandera española se ha apropiado la derecha”. Pues nada, es hora de compartirla, como compartimos la Constitución, las playas, la lengua o la paella. Lo escamante es que los que no han objetado jamás nada a la proliferación de banderas ilegales, se inquieten en cuanto ven una sola legal. A mí me pasa lo que a los personajes de Cervantes: cuando veo en lontananza una bandera pirata, sé que lo probable es que  perderé mi libertad y mis derechos, y eso con la española, no me ha sucedido. Tampoco con la europea, la señera o los pendones de Castilla. Al menos hasta hoy.  Más bien al contrario, recupero el sosiego.

    [Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 26 de noviembre de 2017]

18 de noviembre de 2017

Pásalo (un panfleto de FSavater)

EN la reseña de este librito de Savater (Contra el separatismo, Ariel, 2017), no se hace mención, por razones de oportunidad y de espacio, a este pasaje del prólogo ni a la dedicatoria: "A mi chica lista de Hospitalet: libre, española, cosmopolita". Vale la pena reproducirlo entero:

"Finalmente, voy a revelarles el motivo para escribir estas páginas, sobre cuya eficacia pueden creer que no me hago ilusiones y que, en cambio, me han costado un muy real esfuerzo. Es una conversación en el Hospital Clínico de Madrid, una de esas noches interminables en que se va desvaneciendo en sufrimiento la vida, y la muerte se asoma a la habitación cada cierto tiempo vestida de enfermera para cambiar el gota a gota. Quien ha pasado por esas veladas infinitas cree sin esfuerzo en el infierno eterno, pero se le hace difícil imaginar una bienaventuranza capaz de compensarlo. Teníamos la televisión encendida, bajito el volumen, y se repetían sin cesar las noticias del canal 24 Horas. De pronto, alguien mencionó un suceso ocurrido en Hospitalet y ella dijo con su pobre voz rota por las sondas en la garganta, esa voz que había sido tan noble y decidida: «¡Mira, Hospitalet! De ahí soy yo...". En ese momento postrero escogió esa patria, ella que había nacido en la más pobre de las Islas Canarias, para acabar después en San Sebastián, a mi lado. Porque vivió en Hospitalet, también en un barrio humilde, durante el final de su infancia y adolescencia, cuando recorría las Ramblas vendiendo helados para pagarse los estudios y, de paso, ayudar a la familia. Tan hermosa, tan indomable. «¡De allí soy yo!», me dijo. Sí, era una chica de Hospitalet, una mujer íntegra y valiente de la España que no se resignaba a vivir sin libertades. Nadie la echará nunca de allí, ni a ella ni a los que son como ella, mientras yo pueda seguir luchando".

* * *

CADA época en España, desde Quevedo, ha tenido su gran libelista. De los últimos: Unamuno, Bergamín, García Calvo. El de la nuestra es Savater. “No se llamen a engaño: esto es un panfleto. (…) Según la definición de la Rae: «Libelo difamatorio. Opúsculo de carácter agresivo». Me quedo sin duda con la segunda acepción, aunque no niego que pueda haber bastante de la primera”, se sincera en la primeras líneas. Todo buen panfleto es breve, claro, ágil. Este lo es. Como una sucesión de síncopas. Cada una de sus palabras percute sobre la idea precisa y arranca de ella una nota vibrante. Un panfleto ha de llegar también en el momento oportuno. Escrito, como quien dice, en la trinchera, y buscando sacudir, agitar, movilizar. ¿Cómo? Repensando los lugares comunes, arrostrando las mentiras y posverdades, restableciendo la racionalidad. Es decir, uniendo lo que los separatismos diabólicos (del griego dia-bolo, separar)  tratarán de desgarrar, lanzando lejos los despojos.

“Contra el separatismo, no contra el nacionalismo”, aclara también Savater. Importa mucho esta distinción, insistirá. El nacionalismo, constituido por rasgos afectivos (los derivados del concepto “patria chica” o de las secreciones sentimentales), puede incurrir en “la moral del pedo” a la que se refería Ferlosio y a la que alude Savater (“ese hálito que no nos molesta salvo cuando es ajeno”), pero es más o menos inocuo. Por sí mismo, si no muta en separatismo como el virus de la peste, no causa mayores quebraderos de cabeza. El independentismo es otra cosa: narcisista, tóxico, xenófobo.

El buen panfletista va al grano sin perder de vista la paciencia. De las dotes pedagógicas de Savater hay ejemplos sobrados: Ética para Amador, millones de lectores en todo el mundo. Claro que los adolescentes, lábiles y versátiles por naturaleza, suelen ser más receptivos que los separatistas. Savater, que ha sido además un activista ejemplar contra el terror etarra, parte en su diserto del hombre en la caverna (individuos “diferentes, nunca idénticos”), para llevarlo a la Grecia del demos (el pueblo frente a la polis como institución de lo político), donde aún estamos, donde debiéramos estar como ciudadanos demócratas, libres e iguales: “en la isonomnía, la aceptación de la ley igual para todos, junto al ser capaces de persuadir y ser persuadidos”.

La de la conquista de la libertad y la igualdad es una historia larga. Lo cuenta él de una manera a la que no hay que cambiarle ni una coma: “La democracia nos fue liberando de los condicionamientos que la naturaleza, el azar o la historia habían proyectado sobre nosotros. Eso es lo que quiere decir que los humanos nacemos libres e iguales: que nacemos igualmente destinados a la ciudadanía, con los deberes y garantías inherentes a ella y especialmente con idéntico derecho a decidir la gestión de la sociedad, sea cual fuere nuestra genealogía, nuestra raza, nuestro lugar natal, nuestro sexo, nuestras habilidades, nuestra religión o ausencia de ella (…) Una vez aceptada la ley común, llámese Constitución o como fuere, cada cual es libre de buscar la excelencia o la felicidad como desee”.

El separartismo tratará, no obstante, de arrebatarnos “la ciudadanía que nos faculta para decidir junto a los demás”, con el fin de instaurar, basado en un pasado de “leyendas ancestrales”, un futuro utópico, donde lo identitario se manifiesta como totalitario. Para ello no dudará en servirse de la propaganda (TV3, Catalunya Radio, RAC1 y periódicos afines y condescendientes), de la política lingüística y del adoctrinamiento en escuelas, institutos y universidades. “El separatismo es, sí, un movimiento fundamentalmente antimoderno”, dirá Savater, lo que en palabras de Daniel Gascón quedaría más o menos así:  “La caspa ha cambiado de bando”. Del orden político al psicoanalítico, de la avilantez y la insaciabilidad predatoria (del “España nos roba” al “nos vamos a quedar con todo lo vuestro, empezando por el 3%”), al narcisismo, que es la salida al mar del complejo de inferioridad y su consecuencia inmediata, el resentimiento, Savater no deja un solo rincón en su “donoso escrutinio”. Al fin y al cabo a los independentistas les mueve más que su sedicente amor a Cataluña o a Euzkadi su odio a España y todo lo español.

Y a modo de resumen, como buen pedagogo, este cuadro sinóptico con el que abrochará su panfleto: 1. El independentismo es antidemocrático: “Los portadores de derechos son los ciudadanos, no los territorios”. 2. Es retrógrado: “Porque plantea una ciudadanía basada en el terruño, en la identidad étnica, en la lengua única”. 3. Es antisocial: “El Estado social debe ser fuerte para no admitir más privilegios locales que los que pueden revertir en mayor bienestar para todos”. 4. Es dañino para la economía: En Japón una estampida de bancos y empresas como la que se produjo en Cataluña tras la DUI habría dado lugar al sepuku de todo el gobierno responsable. 5. Es desestabilizador: A río revuelto ganancia de los populistas, antisistemas y Putin. 6. Crea amargura y frustración: “El que pierde a sus compatriotas sufre algo más que un daño administrativo”. 7. Crea un peliogroso precedente: Sí, es Europa la que está en juego.

No es fácil reseñar un panfleto. Su fuerza está tanto en los hechos e ideas que expone como en el modo sucinto de defenderlas. Este, que se lee con avidez y gratitud, reclama de nosotros la acción. Por eso no se me ocurre otra manera mejor de terminar esta reseña que con una sola palabra: Pásalo.

    [Publicado en El País (Babelia) el 18 de noviembre de 2017)

17 de noviembre de 2017

La matraca

SE publica hoy en El País, y aquí, con un pequeño añadido en el último párrafo que llegó tarde para la edición de papel.

“Henos aquí de Pravia”, se dice en La venganza de don Mendo en un juego de palabras que los más jóvenes probablemente ya no entiendan. “Henos aquí de nuevo, donde dijimos”, podríamos decir nosotros en la astracanada que han urdido el Govern y su mojiganga. Pero aunque comprende uno que cuesta no tomarse a broma todo esto, es preciso dejar que las chirigotas y murgas de Cádiz hagan su trabajo, que en los próximos carnavales promete ser glorioso.

Tratemos el asunto con seriedad. No hubo choque de trenes, como anunciaban los agoreros, sino un solo tren embistiendo ciego contra los topes de la Constitución. No hubo algaradas sangrientas, no hubo multitudes impidiendo a la Guardia Civil desalojar al President y a sus consellers, no ardió Cataluña por encarcelar a nadie ni aplicar el 155, ni siquiera los tractoristas han metido la reja del arado en el asfalto de las autopistas, como deseaban. No ha pasado nada de esto, nada de todo aquello con lo que amenazaban si se hacía cumplir la ley. Sólo hemos visto un rosario de actos grotescos, churroreferendos, recuento de votos en las iglesias mientras la feligresía cantaba meliflua el himno de la Moreneta, votaciones secretas en el Parlament, alcaldes levantando sus varas como en un musical del Paralelo, “butifarradas por la dignidad” y, como final de traca, la huida de Puigdemont y parte de su gobierno a Bélgica con el propósito de fundar allí no se sabe si la República de Saló o la corte de Carlos VII. Les han dejado solos incluso quienes los empujaron a este formidable ridículo (bancos, grandes empresas y medios de comunicación afines y mediopensionistas), y a estas horas buscan desesperadamente cómo olvidarse y hacer olvidar su responsabilidad y su propio ridículo. ¿Cómo? Con frases de repertorio: “El poble de Catalunya”, “Todas las ideas son legítimas” y “La culpa de todo es de Puigdemont y Mariano Rajoy”. Ni hay “poble de Catalunya” (a día de hoy contamos al menos con dos “pobles”), ni todas las ideas son legítimas ni la misma responsabilidad tiene el que incumple la ley que el que la hace cumplir.

Pero volver a enzarzarse en las respuestas nos haría perder el tiempo, y de tiempo es precisamente de lo que ahora no andamos sobrados. Dentro de cuarenta días los catalanes están llamados a votar en unas elecciones autonómicas. Estas elecciones son cruciales, tanto que los golpistas han decidido concurrir a ellas, dejando en papel mojado su “matraca” (el presidiario que aplicó esta palabra al “procés” merecería el indulto por ello).

Podría suceder, desde luego, que en estas elecciones vuelva a ganar el independentismo. Entra dentro de lo posible, porque los que han  sostenido durante años ideas tan insolidarias, xenófobas, jactanciosas, tóxicas y narcisistas, blindados en instituciones y dinero público, no es probable que vayan a tener ahora una iluminación subitánea. En unos días no acabará lo que ha sido obra empeñada y tenaz de años. Al contrario. Es posible que algunos independentistas, al menos los más cínicos (o encanallados), reconozcan el desastre social y económico de sus políticas; es posible que otros, la facción de agrarios cejijuntos, alcancen al menos a avergonzarse del papelón que han hecho sus gobernantes capitalinos; y es posible que la mayoría haya respirado aliviada por salir del bucle: al fin y al cabo, a falta de uno o dos muertos el 1-O, el 155 y media docena de presos son una salida esperanzadora. Por todo ello, seguirán votando lo que han venido votando hasta hoy. Saben, desde luego, como Tejero, Armada o Milans, que han perdido, pero acaso sólo piensen en una política de tierra quemada. Parecen estar diciendo: “De acuerdo: no ha sido posible nuestra República, pero ahí os dejamos una Cataluña sin empresas, las familias rotas, la sociedad dividida y dos generaciones de escolares emponzoñadas”. Más o menos como Giménez Caballero al entrar en Barcelona con las tropas de Franco en 1939: “¿Cataluña? La maté porque era mía”. Porque lo que hoy por hoy han demostrado los independentistas, más que su amor a Cataluña, es su aborrecimiento a España y todo lo español (siempre les quedará el Camp Nou).

Oímos, no obstante, argüir por todas partes: “Si se encarcela a los golpistas (o no se libera a los encarcelados), será un error”. Una vez más “la estrategia del apaciguamiento” (AEspada), llevada al absurdo: si no favorecemos al nacionalismo, este se hará más fuerte. Lo cierto es, por el contrario, que hasta hoy el único diálogo que ha dado sus frutos ha sido el mantenido entre el juez Llarena y la señora Forcadell. Nunca la palabra cárcel ha sido tan persuasiva.

A raíz de las célebres cargas policiales del 1 de octubre en Barcelona, algunas personas “que no pensaban votar”, bajaron a hacerlo al ver las imágenes por televisión, como si se hubieran cargado de razón al verlas. ¿De razón? Alguien está viendo en telivisión, en directo, el saqueo del súper de su barrio. Eso exactamente estaba sucediendo en Cataluña el 1 de octubre, un numero elevado de ciudadanos estaba saqueando la democracia española, a manos llenas, felices con el botín. Nada ni nadie se les oponía: “¡Esto es una fiesta! ¡Lo estamos haciendo pacíficamente!”. Era cierto. Robar salía barato y podía hacerse sin riesgo. Al rato aparecieron, pocos para tanta turba, quienes trataron de impedir, con órdenes judiciales en la mano, los saqueos. Indignados, los saqueadores, se enfrentaron a ellos. Se negaban a interrumpirlos. Una anciana recibió un porrazo en la cabeza, un padre puso entre él y un policía a su hijo de dos años. Y la persona que miraba la televisión, horrorizada por ese niño (no por el padre), por la anciana (no por el delito que ella ayudaba a cometer), decidió bajar a la calle en ese instante y ponerse no del lado de los que pasaban apuros defendiendo la ley, sino de los saqueadores, saqueando él un poquito también, nada, una micra, como recuerdo. 

Sí, los resultados de estas elecciones son inciertos. Josep Borrell ha afirmado que si alguna vez en Cataluña el independentismo llega al 75%, tendremos un problema que habrá que resolver con un referéndum pactado. Admitamos que votamos todos los españoles. No lo duden: como en ese referéndum el resultado sería irrelevante para los independentistas (Cataluña es y será de por vida el 8% de los votantes de España), estos y cuantos esperan “cargarse de razón”, sintiéndose víctimas de la estadística, votarían por la independencia, convencidos de que un “ 60% de independentistas catalanes sería suficiente para arrastrar a nuevas fronteras al 40% restante, mientras que un 90% de españoles no lo es para mantener dentro de las de todos a un 2% de separatistas”, como dice FOvejero. Y por eso, aunque sepan que el independentismo es xenófobo, tóxico y por suerte inviable, en Cataluña votarán por él “incluso los que no pensaban hacerlo”, con tal de causar el mayor daño posible a España. Una vez más. Y lo harán, desde luego, pacíficamente, porque hasta hoy causar ese daño les ha salido gratis. Y eso acaso ocurra en las próximas elecciones.

Y henos de nuevo aquí, con la matraca.