11 de junio de 2017

Cómo se hace una novela

ES uno de los libros más fascinantes de Unamuno. No trata de literatura. Es mejor que esto. La literatura es cosa de literatos y embaucadores. ¿Y de qué va entonces? Las novelas, las de verdad, se escriben, desde luego, pero no serán nada o serán sólo un jueguecito literario si antes no se hacen, se nos dice en él. ¿Y cómo se hacen? Viviendo de una manera consciente, atenta, en lucha: “Y [como] el que pone por escrito sus pensamientos, sus ensueños, sus sentimientos los va consumiendo, los va matando (...) y no  son más nuestros que será un día bajo tierra nuestro esqueleto”, Unamuno se encarga de que el suyo sea lo menos libro posible. En este nos cuenta la novelesca peripecia de su destierro en Fuerteventura, su fuga, la soledad del exilio. Y es un poco todo: historia, poesía, diario, escolio, ensayo, panfleto... escrito de una manera tan trepidante y efusiva, que en él Unamuno hace de reportero del alma humana, de la suya y de la de nuestra.

Del mismo género es el que acaba uno de leer, Recordarán tu nombre, el último de Lorenzo Silva. Dice este que es una novela, y nosotros diríamos que, como el de Unamuno, es más que una novela, mejor que una novela: las vidas paralelas del general Goded, que se sublevó contra la República en Barcelona en 1936, y la de quien le plantó cara, defendiéndola, el general de la Guardia Civil José Aranguren. Los dos pasaron por las guerras de África, los dos tuvieron unas carreras militares brillantes  y los dos, sic transit gloria mundi, fueron pasados por las armas, el primero por haber fracasado en el golpe del 36, y el segundo, en el 39, por haber perdido la guerra. Silva nos relata sus vidas trenzándolas a las de los dos abuelos del novelista,  militar uno y policía el otro, y, como en el de Unamuno, no pude uno levantar la vista del libro, absorbido por una lejanía tan cercana. Algunas historias las conocemos, otras muchas no: mitos, miserias, mentiras. España sueño y verdad, escribió María Zambrano. Cuánta improvisación hubo en aquella mala novela, nos recuerda Silva. Y entonces nos estremece un vago temor: ¿no se parece un poco a veces esta nuestra chapucera novela a aquella? Sí, hay que hacerle caso a Platón, y expulsar de la República a los poetas... y no digamos a los políticos que hablan como ellos. Y ya veremos luego qué se hace con el paradójico y gran poeta  Unamuno.

   [Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 11 de junio de 2017]

3 de junio de 2017

Promesas engañosas

IRRUMPE de pronto con un “he vuelto”. No es un misántropo; sólo tímido. Sus primeras palabras pueden parecernos nerviosas y un poco atropelladas, pero cuando empieza a contar su historia, no hay novelista ni viajero que pueda igualar su encanto misterioso. Pocos, Homero o Mozart,  han estado a su altura. Hablamos, como habrán adivinado, del ruiseñor. 

Nosotros tenemos uno muy cerca de la casa. Llevamos treintaicinco primaveras oyéndolo. El mismo siempre, el que oyó un extranjero en Tracia, minutos antes de cumplirse su sentencia de muerte, el que oyó Keats  en la triste Inglaterra o el pastor que cuida de sus cabras ahora mismo, en un monte cercano. En todo este tiempo, sin embargo, jamás habíamos llegado a verlo, tanto ama el esconderse mientras canta. 

Existe una aplicación con todas las aves de España, su figura, su territorio, su voz. Mientras cantaba el nuestro, yo activé el del móvil. Sucedió lo inesperado. El real interrumpió su canto. Se hizo un gran  silencio, qué silencio. Luego salió de lo más alto y profundo del viejo alcornoque que es su casa, y vino flechado adonde yo estaba, sin miedo, a pecho descubierto, y se posó a menos de un metro, frente a mí. Ha sido la primera vez que lo he visto tan cerca, sin estorbo de hojas ni de ramas. Nos miramos, los dos desconcertados. Él, desconfiado, inquieto, volvía la cabeza a todas partes, buscando lo que no había,  un congénere, y yo, con bastante vergüenza por aquel timo: le había arrancado de la cima del mundo, como quien dice, y distraído de su tarea. Este fue el crimen: por una curiosidad un tanto frívola mía había dejado él de cantar, a cambio de nada. Y aunque fueran unos segundos de silencio, fueron, según se midan, una eternidad. 

El ruiseñor acabó yéndose, claro, dejándonos pensativos. Al rato volvió  a cantar y volvió a sonar el reclamo del móvil, pero esta segunda vez ya no acudió. Al no ser uno un filósofo (Platón en su caverna, con su paloma Kant), aquí, sin entrar en más detalles, deja uno este cuento(que no lo fue; no llega ni a fábula siquiera) sobre  las promesas engañosas a las que siguen frustradas expectativas. El drama de los que enredan por juego o estupidez y el de quienes, a diferencia del gran ruiseñor, vienen a tropezar en la misma burla todas las veces.

   [Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 4 de junio de 2017]

29 de mayo de 2017

El viejo stradivarius

Oía uno, minutos antes de ponerme a escribir este artículo, Radio Clásica, que de tantas espeluncas melancólicas nos ha sacado a lo largo de la vida. Jamás saldaremos los happy few con ella nuestras deudas de gratitud y consuelo. Tenía bien pensado aquello de lo que iba a tratar, de lo que trataré, al fin y al cabo, lo cual no garantiza nada, dada la propensión de uno a los pensamientos impresionistas, más o menos vagos, intemporales, aproximados. Con todo, me había dicho a mí mismo, como aquel que trata de darse valor antes de entrar en fuego, antes de sumergirse en una batalla peliaguda: Vamos a escribir de Europa. Y en esto empezó a hablar por la radio un viejo luthier que decía hallarse ya mucho más allá del final de su carrera. Hablaba de la nobleza de su oficio, uno, en su  opinión, de los más antiguos y  nobles: transformar la madera en música, un trozo inerme de abedul o de ciprés en melodías inefables y únicas. Recayó entonces la conversación con el locutor en Stradivarius y los sublimes instrumentos que él fabricó.  ¿De dónde procede su misteriosísimo y único sonido? ¿De la madera que empleó y del modo de trabajarla, de los barnices, de su técnica? Algunos sugieren, apuntó el luthier, la sospecha de quienes creen que tal secreto estaría encerrado en el arroyo que corría junto al taller del maestro cremonense, en el que él limpiaba sus herramientas, impregnándose estas de algunas magas sustancias que transmitirían después a la madera. “¿Quién podrá saberlo?”, concluyó, “¡es todo tan misterioso y  frágil!”.

Y aquí entraba en danza Europa. Acabábamos de ver en la tv cómo los obreros, la mayor parte excomunistas, que habían abucheado en una fábrica a Macron, vitoreaban minutos después a Marine Le Pen. Quiere esta, preilustrada y furiosa, como su rubio teñido, acabar con Europa, el viejo stradivarius de donde han nacido algunas de las más admirables partituras políticas: el vals llamado Igualdad, la sonata Libertad y la sinfonía Fraternidad. Sí, nada tan frágil como el bien. Bastan dos o tres desdichados pasos o un solo e insensato referéndum para acabar con el viejo stradivarius hecho un montón de astillas del que ni siquiera Radio Clásica podrá arrancar nada que se parezca a música.

  [Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 28 de mayo de 2017] 

24 de mayo de 2017

Feria del Retiro

A quien interese: 

este sábado 27 por la tarde (de 19:00 a 21:00, y único día en toda la Feria del Libro del Retiro) estaré en la caseta 336 de la editorial Pre-Textos para firmar mis libros a quien lo desee.

Rosas de mayo, 24 de mayo de 2017

14 de mayo de 2017

La estafeta romántica

UNO de los cuarenta y seis Episodios Nacionales se titula así: La estafeta romántica. La novela está contada a través de las cartas que una docena de personajes se cruzan por media España. Es fascinante la novela y asombrosa, genial, la pericia de Galdós  para embelesarnos, como si nos llevara embebidos o con baba de buey (que así se les llamaba en Castilla a esos hilillos de araña que andan flotando por el aire, dando a entender que llevar a alguien con ronzal tan sutil es conducirlo sin esfuerzo).

Y lo primero que se nos viene a la memoria son aquellos tiempos en que la gente escribía cartas que tardaban días, semanas, meses en llegar. Internet ha hecho del presente  algo abrumador, invasivo. “En vivo y en directo” es lema de periódicos e informativos, casi una caricatura. En el momento en que los personajes de esa novela galdosiana rasgan el sobrescrito y leen la carta, todo lo que se cuenta en ella puede ser ya historia, agua pasada. Los hechos tienen, pues, la importancia relativa que tienen y los corresponsales aprovechan para expresar en ellas sentimientos, ideas, temores y esperanzas intemporales, a las que no atropellen las circunstancias. Busquen, lean y admírense de las Cartas privadas de emigrantes de Indias que hace años recopiló Enrique Otte. Las escribieron a finales del siglo XVI y principios del XVII indianos a los que se les desgarraba el corazón pensando en sus lejanos seres queridos.  No menos románticas que las novelescas de Galdós, están sembradas de informaciones veraces, exactas, preciosas de la realidad. Son, con el Quijote, el gran tesoro de la lengua castellana por su emoción y naturalidad, sentimientos que tienen que ver más con la vida que con la literatura, o si prefieren, que nos enseñan a hacer que la literatura sea algo más que literatura, por lo mismo que las cartas galdosianas hacen que pensemos, sobre todo, que la literatura vale poco si no es vida.Va leyendo uno La estafeta romántica y estas cartas de indianos. No podemos dejar de sentir cuántas cosas nos ha dado internet, y cuántas nos ha quitado. A nuestro móvil llegan por whatsapp, puntuales, perentorios, los sucesos, pero paradójicamente estos nos hacen sentir nostalgia de aquellas largas cartas que llegando con días, semanas, meses de retraso, traían un providencial alijo de palabras imperecederas.

    [Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 14 de mayo de 2017]

7 de mayo de 2017

La victoria de los perdedores

HOY por hoy sólo es noticia un medio-hecho: Eta (aún con el verdugo puesto) comunicó a las autoridades francesas las geolocalizaciones de sus arsenales: 120 pistolas y 3 toneladas de explosivos. ¿Significa esa entrega una rendición? Los  caballeros, llegado el caso de la derrota, confiaban su espada al vencedor. Don Quijote la rindió al de la Blanca Luna. Y por supuesto, con la visera alzada. En otras culturas como la japonesa se quitan la vida, todo antes que llevarla sin honor. ¿Podemos pensar que alguien que fue cobarde con un arma en la mano, dejará de serlo sin ella? Si no ha habido nadie en Eta que “diera la cara” en tal acto es porque nunca fueron soldados, sólo sicarios, asesinos. Las entregaron en su nombre unos curas, como en una escaramuza de carlistas. 

Hace años, un alto funcionario del gobierno de Aznar se entrevistó con Tony Blair, entonces primer ministro británico. Acababa él de firmar la paz con el Ira, y le dijo que fuesen cuales fueren los acuerdos con Eta, deberían escenificar la entrega de armas. No porque las armas tengan mucha importancia (al fin y al cabo el mercado negro está lleno de ellas), sino porque de toda la lucha armada sólo se recordaría esa foto. “Una derrota sin escenificación no vale nada”, le dijo; “Una derrota sin vencidos es una victoria de los perdedores”. No habrá esa foto, Eta y los trescientos mil vascos en cuyo nombre asesinaban se han ocupado de que no la haya. 

Otras veces se ha traído aquí el difícil, inestable triángulo: paz, justicia, olvido. Sin olvido no hay paz, pero sin justicia no hay olvido. ¿Quiénes han de olvidar? Las víctimas. Hoy, por el contrario, son los victimarios quienes tratan de imponer el olvido a la sociedad a la que combatieron y amedrentaron durante cuarenta años de forma despiadada y siniestra. Para ello, como han recordado algunos, necesitarán contar  las cosas de otro modo, adueñarse, como ahora se dice, del relato. ¿Y cómo? “Cambiando las armas de matar por las mentiras”, han dicho las víctimas. La primera de ellas es presentarse  como un ejército de soldados (gudaris) que tuvo sus buenas razones para matar, lo que hace de las víctimas gentes que tuvieron también sus buenas razones para morir. Han entregado las armas, pero no la verdad. O sea, no han entregado nada. Nada que traiga un poco de paz, de justicia y de olvido.

   [Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 7 de mayo de 2017]