23 de abril de 2017

Apreciado comante

(Carta blanca)
USTED no me recordará, pero le debo una de las mayores alegrías de mi vida. Pocos habrán sido más felices que yo el día que recibí la notificación según la cual, “y conforme al cuadro de inutilidades vigente”, me comunicaba que había sido excluido del servicio militar, declarándome, como entonces se decía, “inútil total”, fórmula esta muy de mi agrado para asuntos castrenses. Con aquel certificado en la mano (que aún conservo por si algún día movilizan mi quinta), cuántas cabriolas no daría, qué temerarias gambetas. De haber tenido valor entoces habría corrido a ponerme a las órdenes de usted. Lo hago con más de cuarenta años de retraso y bien que lo siento, porque tampoco sé si todavía vive. La búsqueda por internet me ha llevado a un “Boletín Oficial del Estado de 3 de noviembre de 1938”. Allí aparece su nombre, entre otros, “promovido al empleo de sargento provisional”. Cuando su vida y la mía se cruzaron aquella mañana de julio, yo acababa de cumplir veinte años, usted andaría, supongo, por los sesenta y a mí me habían citado en el Hospital Militar de Valladolid. Las probabilidades de que mis dioptrías pudieran burlar al tribunal médico eran nulas (yo en aquel tiempo veía moscas en el horizonte). Viajé desde León en el primer tren y fui leyendo Conversación en La Catedral. Me pasaron a su consulta y empezó usted a meter y sacar cristalitos en una de esas lunetas de hierro que usan los ópticos. Entonces reparó en el libro, y me preguntó por él, por su autor, por el famoso boom… Yo iba hablando y usted me oía en silencio, sólo preguntaba “¿mejor? ¿peor?”, con cada nueva lente. Me dejó parlotear cinco o diez minutos. Pasamos a su despacho y, sin despegar los labios, garabateó algo en una libreta. Al terminar, levantó los ojos, se me quedó mirando unos segundos, y me dijo: “Hijo, de la vista estás divinamente, pero a ti la mili no te va a servir de nada. Tú lo que tienes que hacer es aprovechar el tiempo, estudiar, leer  muchos libros y contárnoslos luego. Hala, vete.”. Salí de allí y nunca más volví a verle ni a saber de usted. Ah, si viviera. A las tres o cuatro semanas recibí ese papel para mí más poético que las Églogas de Garcilaso, soldado ilustre. Hace un mes pude al fin contar a Mario Vargas Llosa aquel hecho en verdad prodigioso que da sopas con honda a todo el realismo mágico, y le agradecí que hubiera escrito una novela tan formidable como providencial. Hoy se lo agradezco a usted. Los libros me han traído a cierto Comisionado de la Memoria Histórica, que anda estos días quitándole la calle a algunos generales, conmilitones suyos. Quiero que sepa que si de mí dependiera, una de ellas llevaría hoy el mombre de Comandante Darío Valcuende Torices, el buen samaritano. Y no digo más. Suyo afecto, Andrés García Trapiello, recluta del reemplazo de 1973, cuando Franco.

       [Publicado en El País Semanal el 23 de abril de 2017]

PD. Alguien colgó hoy mismo en el AT de Fbook este comentario: "Qué maravilloso desayuno este Domingo. Estoy en , Cali, Colombia, me llega su columna " Apreciado comandante" vía Wassap con el texto " mirad qué bonito recuerdo" y mientras unto las tostadas comienzo a leer. Casi desde el principio empiezo a notar un nudo en el estómago, emoción que va subiendo hacia la garganta y termina en una llorera atiborrada de preciosos recuerdos cuando leo el nombre de su "Apreciado comandante" y constató lo que imaginaba desde el principio; su apreciado comandante es mi querido abuelo, un gran tipo, afable, divertido y buena gente, al que recuerdo siempre haciendo algo, que si en la huerta, que si en los chopos, que si podando, que si haciendo alguna chapucilla en la casa, preparando la paella de los domingos para toda la familia con un porrón de vino con gaseosa al lado, recibiendo a todo el que pasaba por allí con una enorme sonrisa, durmiendo la siesta en una hamaca colgada entre dos manzanos y yendo a tomar el vinín los domingos de verano después de la misa en el pueblo hecho un pincel de traje blanco o guayabera.
Todo esto me he desayunado hoy gracias a usted.
Muchas gracias,
Olga Sánchez Valcuende".






19 de abril de 2017

De las flores


En la galería sevillana de Félix Gómez estos días, y en la de Guillermo de Osma de Madrid en mayo, exponen sus cuadros de flores Rosa Artero y Marcelo Fuentes. Al frente de ese catálogo figura este escrito inédito y algunos poemas míos antiguos sobre ese mismo asunto.


* * *

"...imperaba la rosa, emblema del silencio".
 Benito Pérez Galdós, El Grande Oriente.

Meter flores en las casas: ese sí que fue un gran paso para la humanidad. Si la costumbre de poner árboles en las calles es relativamente reciente, del siglo XIX, la de cultivar flores en los jardines es muy antigua, acaso porque las flores forman parte, con algunas pocas cosas más (el amor a los niños o las puestas de sol, según la neurociencia), de aquello a lo que el ser humano de todas las civilizaciones y épocas es sensible, naturaleza en estado puro, diríamos, belleza sin pasar por el fielato de la cultura. Pero el día en que alguien cortó unas flores de un rosal silvestre, o las que vio a un lado de un camino, sin nombre, ingenuas, humildes, y las puso en un vaso con agua, sobre una mesa (o en el suelo, en una jarra, porque eran tan pobres que no tenían ni jarrones ni dónde ponerlas, como nos contó un día Ramón Gaya de su propia casa, en Murcia, país de las flores), algo importantísimo estaba sucediendo en la historia de las civilizaciones, algo profundo había cambiado en el alma humana, algo a lo que esta ya nunca renunciaría. Las flores trajeron a nuestras casas no sólo la naturaleza, sino un modo de estar que era desconocido hasta entonces. Con flores en la casa todo se silencia, el tono de las conversaciones se reposa, la vida se apacigua. ¿Quién, consciente, gritaría con unas rosas como testigo? Si a las flores se les habla mientras siguen unidas a su planta, arbusto o rama, a las que están en un jarrón o en un vaso con agua se les escucha, porque sentimos que nos están diciendo algo. ¿La música callada no viene acaso de unas azucenas, en San Juan de la Cruz?

La convención de que las flores pueden simbolizar conceptos abstractos es también antigua. No sólo se compara a las mujeres con flores (principalmente con la rosa), sino que a menudo las flores son encarnación (si podemos decirlo de este modo) de conceptos abstractos (pureza y castidad, la azucena; voluptuosidad, el nardo, etc.). Que hablen no sólo a través de su perfume ha hecho que desde antiguo los hombres hayan desarrollado abundante literatura sobre “el lenguaje de las flores”, aquel del que se sirven ellos para expresar sentimientos propios más o menos inefables, de dicha, de melancolía, de dolor: regalar un ramito de violetas a la mujer amada, poner un jazmín entre las páginas de un libro, llevar crisantemos a una tumba, meter en el ojal de la chaqueta una margarita, camino del baile...

Las mismas flores dirán cosa diferente en un jardín o en un jarrón. ¿Pero son acaso las mismas flores? ¿No se transforman? Sí y no. Al reunirlas, al apretarlas en un ramo, esas flores que estaban cada una de ellas en lugares diferentes y aun distantes entre sí, se diría que empiezan un coloquio interminable. Unas veces serán flores de diferentes especies (esos ramos monumentales y variopintos a los que tan aficionados eran los pintores del siglo XVII, que trataban de resumir en un jarrón todo el paraíso), y otras, del mismo género (un ramo de rosas solas, o de claveles solos, o de lirios, o de calas), pero en cualquier caso iniciarán entre ellas un diálogo nuevo, siempre diferente, irrepetible. Y aún diríamos más al elevar el hombre a rango de flores cosas que no lo son en absoluto. Sucede cuando el pintor Ramón Gaya pone en una de sus copas de aguador un puñado de perejil, o Van Gogh unos cardos o esa flor hipertrofiada que es un girasol, o una muchacha japonesa, mediante el arte al que ellos han dado el nombre de origami, figura con trozos de papel de seda flores no conocidas. Y lo que dicen esas flores en el jarrón de cosas no son las mismas que las que hablaban en su planta… pero recuerdan las que hablaban allí.

Esto nos lleva a otra cuestión. Hay flores que ganan en jarrón, copa o vaso, pero por lo mismo que hay pájaros de canto admirable que no se dejan criar en cautividad, hay flores a las que no podríamos arrancar de su medio natural sin destruirlas: pensemos en las ninfeas o nenúfares de los estanques o el edelweiss que nace sólo en las cumbres nevadas, por no referirnos a todas aquellas que como las amapolas o los cantuesos se marchitarían apenas arrancadas (preferidas de los impresionistas), o los jazmines o las magnolias o el azahar de los naranjos, que sólo son elocuentes cuando conciertan sus voces y dicen entre muchas lo que acaso una sola no sabría expresar tan bien.

Los poetas han prestado atención desde antiguo a las cosas que las flores nos dicen, conscientes de que cada una de ellas trae algo nuevo también y diferente, nunca dicho. Recordaba Juan Ramón Jiménez, el poeta que más constantemente se ha ocupado de las flores, a su madre, “mama Pura”, que le decía: “Hijo, la rosa no cansa”, así, en singular, como la llaman también los jardineros y floristeros, dando a entender que no cansa porque siempre dice algo nuevo, delicado y fuerte, original y eterno. Y el propio Juan Ramón hubo de recurrir a la rosa para dar a entender lo que era un poema y la perfección a la que este ha de aspirar, una perfección natural sin afectación posible, ni sobrecargada ni incompleta: “No lo toques ya más, que así es la rosa”, definiendo a un tiempo rosa y poema.

Los pintores, como los poetas, han sido desde los orígenes mismos de la pintura moderna, es decir, desde el Giotto, sensibles a las flores y han buscado su proximidad de la mano del arcángel anunciador o en la pradera donde tiene lugar un encuentro pagano de ninfas y de dioses.

Marcelo Fuentes y Rosa Artero han pintado todos estos cuadros. Han hecho su propio jardín, han llenado su casa de flores, y la nuestra, y la casa común de la pintura. Sólo flores. Son pinturas bellísimas, todas, unas por unas razones, otras por otras. Es muy difícil elegir “un cuadro preferido” entre tantos, porque como las flores también, que no se dejan elegir fácilmente, cada uno tiene su propio misterio, su encanto, su delicia. Y es buenísima idea darlos juntos aquí, mezclados, como flores también de un ramillete común, sin “tuyo” ni “mío”, que decía don Quijote en el maravilloso discurso de la edad dorada o florida.

Las flores de los pintores no son exactamente las que tenemos en nuestras casas. Las nuestras acaban marchitándose. Las suyas, si están vivas, estarán eternamente vivas. Y estas lo están y lo estarán ya para siempre. Incluso cuando un pintor pinta siemprevivas, esas flores rarísimas que nacen y viven secas como flores del desierto, hace que en su cuadro parezcan más vivas y jugosas de lo que realmente están, como creo recordar que aparecen en un cuadro de Ensor. Porque las flores son la metáfora por excelencia de la vida, de la brevedad de la vida, de lo que pese a su belleza no logrará vencer la muerte. A eso atienden los poetas y pintores, y cuantos ponen un ramo en jarrón o vaso. Pero al mismo tiempo las flores nos recuerdan a todos que la vida no empieza ni acaba en nosotros, que nos iremos, “y seguirán los pájaros cantando”, y habrá rosas en un jarrón y en un vaso muchos años después de que nosotros hayamos partido… Sí, volverán las oscuras golondrinas, no otras diferentes de las que vimos, no, las mismas, y el ruiseñor que canta en lo más cerrado de la enramada hoy en Extremadura es el mismo que escuchó Keats en Inglaterra hace doscientos años, y cualquier rosa que nazca hoy en el más remoto confín es la misma que cantó Ronsard. Y por eso cuando un poeta y un pintor, arrobados por la lozanía y belleza de una flor, se quedan contemplado  tal o cual flor, están pensando en lo más íntimo de sí que acaso ellos sean también el mismo poeta y el mismo pintor que hace doscientos años veía esas flores, el mismo que dentro de doscientos años repetirá el rito de cortar unas flores y juntarlas en un ramo, como junta los colores en su paleta, antes de ponerse a pintarlas. Y pensará el poeta que su libro es el mismo libro que escriben todos los poetas, y el pintor pensará que sus cuadros son los mismos que pintaron todos los pintores antes.

Marcelo Fuentes y Rosa Artero han pintado muchas rosas porque “la rosa no cansa”, pero han pintado algunas otras también (crisantemos sobre todo, blancos, amarillos, tan japoneses), porque miradas de cerca, no cansa ninguna. No hay niño que no sea bellísimo ni ninguno podría sernos ajeno (y qué feo el reñir de los adultos delante de los niños o las flores), y lo mismo nos sucede con esta, y si no, volvamos la mirada a los maestros: Fantin-Latour (el Chardin de las flores) o Morandi (el Fantin-Latour de la modernidad) seguramente son los primeros que se habrán encontrado Rosa y Marcelo... Cuando un pintor se pone delante de unas flores, desparece casi toda la historia de la pintura, como si las propias flores les llevaran de la mano adonde ellas quieren (y qué bellas son a veces las pinturas de los niños, mal llamadas naïf, cuando pintan esas grandes margaritas que son soles con pétalos). También nuestros amigos han elegido sus flores. Cada pintor tiene las suyas preferidas: las de Monticelli eran flores bravías y sin nombre que parecen crecer en los barbechos, de vida abrupta y corta (y de ahí que parezca él querer pintarlas siempre en un arrebato, antes de que se marchiten definitivamente); Chardin y sus botones de azahar; Van Gogh, los lirios y los girasoles, y pensando en Japón, cerezos y ciruelo en flor; Odilon Redon las anémonas y dalias que parecen de otro mundo, submarinas; Gaya las rosas, las anémonas y jazmines; Monet, sus nenúfares; Velázquez, en un búcaro de cristal, esas mínimas, delicadísimas, confidentes flores de la infanta Margarita, margaritas, rosas, lirio, casi aire, como todo lo suyo… Hasta Solana se atrevió con unos gladiolos, si no me falla la memoria, que es flor imposible de bodas y cementerios.

Aquí les dejo con todas estas flores de Rosa Artero y Marcelo Fuentes (y cómo le agradecí a este, hace años, que cerrara una serie de aguafuertes cúbicos, de deshumanizados bloques de viviendas, tan característicos de su obra, con uno de crisantemos).

Entran en nuestra casa hoy para civilizarla un poco más. Las rosas que hemos comprado ayer en nuestra floristería de barrio, han venido a ocupar el lugar de unas mimosas. Estas rosas se quedan mirando las que han pintado nuestros amigos como miramos nosotros las fotografías de nuestros antepasado, vivos en nosotros mientras les recordamos. Las flores de Marcelo y Rosa nos recuerdan a lo vivo las rosas vivas (ninguna flor muere cuando se la corta), y las pintadas son rosas vivas también. Han pintado la vida. Y todas nos gustas, naturales y pintadas. Todas son ya de la familia, y viven con nosotros.


De arriba abajo: Marcelo Fuentes y Rosa Artero


10 de abril de 2017

Lo mejor de nuestro tiempo

ACABO de leer un libro. Es un libro espléndido, inolvidable. A usted, que es también lector, esta última afirmación no le habrá impresionado, acostumbrados como estamos todos a que nos engañen con frases parecidas. Las hipérboles se han instalado en nuestra feria, y, al igual que las drogas, ni doblando las dosis nos creemos lo que nos cuentan en ella. Si yo le digo que el libro que acabo de leer es maravilloso, lo hago contraviniendo un viejo aforismo: hemos de leer con entusiasmo, pero conviene escribir con escepticismo, y yo no puedo escribir de este libro con escepticismo, porque sigo entusiasmado con el recuerdo de su lectura. Lo que el autor me ha contado da vueltas en mí modificando algunos de mis juicios, implantando otros nuevos o reafirmando algunos más antiguos. Y cuando discutimos... Sólo vale la pena discutir con los que estamos de acuerdo.

Lo extraño es que no es obra de entretenimiento. Lo poético y lo filosófico lo cruza de arriba abajo. Es sólo y nada menos que un libro de libros. Habla en él de autores antiguos y modernos. Algunos, revisitados y queridos (Proust: nadie ha contado mejor el universo oscuro e inagotable de la Recherche en menos páginas); otros, extraños y  herméticos (Hölderlin); otros, en fin, difusos (Prevost, Byron). Y muchos más. Pero la manera de hablarnos de ellos es tan deslumbrante, culta, amena, antirretórica y contagiosa, que no hay ni uno sólo de esos capitulillos que no nos anime a salir corriendo en busca del libro del que se nos ha hablado, como quien no puede dar paz a sus pies en compañía de Dionisios. Y ese es el busilis, porque ni aquellos libros nos parecen libros, ni este tampoco, el mayor elogio que se le puede hacer a un libro, “ay, tragedia del alma”, decía Unamuno. Aquí tragedias, las precisas. Al revés: el humor es tan fino que la sonrisa no se le despinta a uno en dos o tres días.

La vida no tiene sentido, nos recuerda su autor, pensando en Nietzsche, pero el arte nos ayuda a buscarle uno, y nos salva de una existencia desesperada y negra.  A mí estas Nuevas lecturas compulsivas de Félix de Azúa me han salvado estas tardes, que es lo mismo que decir que han puesto a nuestro alcance lo mejor de nuestro tiempo. Deploraría que usted, que ha leído esta página, no se convenciese, pero si no... espero que no le importe que yo siga leyendo.

   [Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 9 de abril de 2017]

8 de abril de 2017

Ya está todo preparado

Se viene anunciando que el gobierno catalán guarda en gaveta segura la ley que desconectará en breve a Cataluña del resto de España. Es la confirmación de que se puede amasar un golpe de Estado sin riesgo para los conspiradores. En España ya está todo preparado para que se enamoren los sacerdotes es una revista surrealista que dirigió Herrera Petere en 1931. En Cataluña ya está todo preparado para que se independice el 3% , podría parafrasearse, y si la democracia española, incipiente entonces, encarcelaba a los golpistas de la Operación Galaxia y del 23F, esta nuestra, ya madura, ¿no podrá acaso dejar libres, delinquiendo, a los que atentan contra el Estado en el Parlament?

Es opinión extendidísima que el PP ha fabricado en estos últimos cinco años cientos de miles de independentistas en Cataluña. El caso es que Aznar gobernó ocho años y el número de independentistas era parecido al que había con Felipe González, y en estos últimos cinco años en el País Vasco no ha aumentado y en Cataluña está incluso bajando. Esto debiera llevarnos a considerar, siquiera como hipótesis, que los independistas han crecido en Cataluña por otras razones.

Algunas de ellas se enumeraban en un escrito anterior (“La martingala”, El País, 3 de marzo de 2017), que se abrocha con este de hoy. 1: los independentistas han crecido porque los diferentes gobiernos autonómicos catalanes llevan treinta años trabajando de una manera tenaz en ello, a menudo despreciando o conculcando los derechos constitucionales en lengua, educación y propaganda y olvidando de una manera insolidaria y codiciosa el origen histórico de su prosperidad económica; 2: si no se ha corregido o erradicado ese desprecio ha sido por la política interesada de los gobiernos centrales, socialistas y populares, que se lo han pagado con el mantenimiento de cupos, privilegios fiscales y tratos preferenciales, fuentes de una desigualdad secular entre españoles, y 3: la sociedad en su conjunto (políticos, empresarios, intelectuales, jueces, gente común), ha creído de manera pusilánime que todo acabaría arreglándose de una manera ordenada y gradual. A estas, se ha añadido alguna otra, como la de que los delitos de corrupción y prevaricación de los que están siendo acusados judicialmente, ha lanzando a algunos de sus eximios dirigentes hacia la independencia que les libre de la cárcel, del ridículo y del ostracismo.

Una de las aportaciones de Guerra y paz a la historiografía (al preguntarse Tolstoi por qué Napoléon había sido derrotado en Rusia) fue afirmar que nunca hay una sola causa, sino un conjunto de ellas. Las del auge del secesionismo en Cataluña son, pues, esas y otras menudas, con frecuencia poéticas: el presidente Puigdemont ha vaticinado que la “remontada histórica” del Barça frente a no sé qué equipo será la que se repita en Cataluña, presentando de ese modo como rival a una España de la que forman parte él y otros seis millones de catalanes, dos tercios de los cuales no son independentistas.

Pero de hecho ya ni siquiera vale la pena referirnos a las causas, y sí, por el contrario, a lo que sucederá. El propio President ha echado mano de otra metáfora: vamos a ver al hámster liberándose de la rueda. El oscurantismo favorece la magia, los vaticinios, la poesía, y ahora le ha tocado la china a un hámster que tiene mucho de marmota. La gente, cansada, se pregunta: “De acuerdo, ¿pero qué va a suceder?”.

La mayoría, incluido el hámster, responde: “Nada”. ¿Con qué fundamento se dice? Con fundamentos magos, poéticos. Algunos, conocedores de la realidad, empiezan a pensar, no obstante, que la poesía es frágil, y hablan, unos con timidez, otros con escepticismo, casi todos haciéndose cruces, del artículo 155 de la Constitución Española.

Mencionar el artículo 155 es, hoy por hoy, mentar la bicha, por lo mismo que lo último de lo que quieren oír hablar los poetas es de las leyes, por eso Platón los expulsa de la República. Encuentran su aplicación una barbaridad, y advierten a continuación que el 155 tampoco resolvería nada, excepto para crear otros cientos de miles de independentistas. De acuerdo, pero si el cumplimiento de la leyes reafirma y multiplica el número de quienes las infringen, ¿para qué promulgarlas? “Volvería a hacer lo mismo”, se jactaba Mas, al que acaban de condenar los tribunales y sin salir de su bucle, y el Parlament (“no concedemos legitimidad al Tribunal Constitucional para prohibirlas”), ha incluido partidas presupuestarias para organizar un nuevo referéndum ilegal y responder de paso a la Fiscalía (que, al parecer, no se había enterado) la famosa pregunta planiana “¿y esto quién lo paga?”.  Pese a ello, los contrarios al 155 insisten: “será peor”. ¿Peor para quién? En 1934, como es de sobra conocido, la República (¡ni siquiera la monarquía!), encarceló al President Companys y a su gobierno en 1934, tras proclamar el “Estado Catalán”, y los condenaría a treinta años de cárcel e inhabilitación que el Frente Popular dejó sólo en unos pocos meses. La interpretación de este hecho, y las causas por las que se produjo podrán ser más o menos controvertidas, pero no que fue una sublevación contra un régimen democrático, contra España y… contra Cataluña. Basta preguntar a algunos independentistas sobre este hecho singular para saber la opinión que tienen la mayoría de ellos de las leyes y de la democracia.

Recuerda uno algunos artículos de Fernando Savater en este periódico sobre la ilegalización de la Mesa Nacional de Hb. Los argumentos de quienes se oponían entonces a sus tesis, llamándolo “crispador”, eran parecidos a los que oímos ahora: Eta sumirá al País Vasco en un baño de sangre, el número de abertxales se duplicará, alejará la solución del “conflicto vasco”, etc. En efecto, encarcelada la mayor parte de la banda e ilegalizada Hb, fue el fin de Eta.

Como los poetas pueden pensar a la vez una cosa y su contraria, los mismos que aseguran que no va a suceder nada, temen que los acontecimientos, envueltos unos en otros, terminen por enloquecer a la gente, convirtiendo a ciudadanos tranquilos en energúmenos. ¿No acaba de advertirnos el seráfico y católico Oriol Junqueras que lo que se avecina podría no ser tan pacífico como ellos mismos habían garantizado? Por no hablar de aquellos que en sus plegarias no se olvidan de pedir algún muerto providencial en una barricada o, en su defecto, una foto de un guardia civil (¡ah, si fuera además con un tricornio!) retirando una urna.

El secesionismo catalán y sus seguidores entusiastas (“los tuvo Franco, El Oscuro, ¿no los van a tener Junqueras, Artur Mas y Forcadell”, diría uno de esos personajes galdosianos), anuncian, sí, que ya está todo preparado… Esto le ha recordado a uno aquello que decía Galdós (El Grande Oriente): “Causa horror el ver que estas atrocidades se cometan; pero causa más horror aún que se anuncien”. En la mayor impunidad y a la vista de todos.

     Publicado en El País el 8 de abril de 2017

3 de abril de 2017

Subrogados

LA ciencia camina a su paso  por delante de la moral. No hay descubrimiento científico de relieve, principalmente en el terreno de la biología y la genética, que no apareje debates y controversias teológicas, filosóficas,  éticas. Ha sucedido antes con la clonación. A veces son disputas viejas como el mundo, y en algunas, no del todo resueltas, algo se ha avanzado. Véase la desaparición de la pena de muerte o la despenalización del aborto en muchos estados, o la persecución de la violencia de género. La complejidad  de estos asuntos no impide que tengamos respecto de ellos una opinión firme, defendida con vehemencia y a veces poco respetuosa para con aquellos que no piensan igual.

El último de estos debates está siendo  enconado y significativo. Puestos de lado  los aspectos científicos de la cuestión, intrincados y fuera del alcance de muchos de nosotros, cuando nos centramos en los aspectos éticos, advertimos que son igualmente  difíciles y alquitarados, de los que se dejan en el serpentín razonamientos sutiles. ¿Cómo proceder entonces, de quién o qué nos fiaremos?

La cuestión ha dividido una vez más a la sociedad, pero no como cabría suponer: por un lado, con sus excepciones, gays y extrema izquierda se han mostrado a favor, tras maquillar el sintagma: gestación subrogada; feministas y derecha, por otro, se han puesto de acuerdo incluso en llamarlo de la manera más cruda: vientres de alquiler. Los primeros dicen defender la libertad individual; los segundos, aunque por razones diferentes, saben que donde hay miseria, no hay libertad. Nueve de cada diez prostitutas dejarían su oficio si pudieran, y la liberalización del mercado de úteros ha llevado a países pobres como la India a convertirse en “granjas de mujeres”, en expresión descarnada, pero exacta, de los colectivos feministas. ¿Qué hacer entonces? Las legislaciones de los países más desarrollados, aquellos que tienden  al bien común, son cautas. Y en eso estamos: esperando una regulación que no menoscabe derechos individuales, pero que al mismo tiempo no erosione el bien común, que no es otro que un niño. Nos mira fijamente, en silencio, y parece preguntar algo en nombre del genero humano, y debe de ser una pregunta importante, porque no hay para ella una respuesta clara o sencilla.

   [Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 2 de abril de 2017]

27 de marzo de 2017

No es sólo una plaza

“EL tiempo también pinta”, decía Goya. Se refería a la pátina que acaba poniéndosele a las pinturas viejas, eso que  los gitanos del Rastro llaman  “época” de una manera tan mercantil como poética. Las cosas con época tienen en general un valor añadido del que carecen aquellas recién nacidas o acabadas de sacar del molde. Llevando la frase de Goya un poco más lejos, diríamos lo mismo de casas, bronces, estatuas, hierros, monumentos, ciudades. 

La Plaza del Grano de León es una de las más bonitas de España. Con su aire provinciano, recoleto, agropecuario, podría ser de cualquier siglo y cualquier parte: en cuadro y con unas casas viejas más o menos artríticas, unos torcidos soportales, una fuente carolina en el centro, a la que sombrean dos altos árboles, una ermita y... poco más. Bueno, sí: un pavimento único, el que precisamente le da a toda ella su carácter excelso.  Ese pavimento es ahora causa de enconado litigio. Por un lado, los municipales, tratan de acabar con él levantándolo y corrigiendo sus jorobas para evitar, dicen, resbalones, tropiezos, descalabros; y por otro, miles de vecinos en pie de guerra. Estos, con harta experiencia en alcaldadas y embustes se niegan con ejemplar tesón, defendiendo su derecho a recordar en nombre de las hierbas. ¿Qué hierbas? Las pequeñas, sin nombre, milagrosas, espontáneas que crecen en las llagas de esos cantos rodados, y que proporcionan al conjunto de la plaza un aire secular y ese misterio gótico que tienen los milagros de antaño. En cuanto desaparezcan las hierbas (sustituidas por cemento) acabarán con su misterio, que es como decir que acabarán con su poesía. 

Sucedió hace algunos años con aquella maravillosa Alameda de Hércules en Sevilla, que tenía el pavimento de albero. En verano se regaba y subía de la tierra frescor y perfume inigualables. Sucedió también con el viejo Museo romántico de Madrid. Lo primero que se cargaron con su reforma fue la pátina, o sea, el romanticismo. Alguien hizo un gran negocio. En tal lugar talan unos árboles, en aquel otro desvían un río o tiran un viejo caserón, y aquí acabarán con la Plaza del Grano, que nada les ha hecho. Y llegados a este punto, sólo cabe la clásica pregunta de novela detectivesca:¿a quién beneficia el crimen? La respuesta adecuada explicaría grandes cosas.

    [Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 26 de marzo de 2017]
 

16 de marzo de 2017

A vueltas con los hechos

La Era que ahora se inicia tal vez acabe resumida en sólo dos palabras, improvisadas por una desconocida consejera del presidente de los Estados Unidos. Cien sesudos profesores de teoría política, cien maquiavelos, cien genios no habrían dado con ellas así se  les hubiese encerrado en una espelunca a pan y agua. Esa gloria sólo le estaba reservada a Kellianne Conway. En el transcurso de una enconada conversación televisiva con un periodista, que acusaba al secretario de prensa de Trump de haber mentido sobre el número de asistentes al juramento del Presidente, la señora Conway acabó perdiendo los estribos: “Si nos vamos a referir en esos términos a nuestro secretario de prensa, creo que vamos a tener que replantear nuestra posición en este programa (...) Él lo que hizo fue presentar hechos alternativos. No hay manera de contar exactamente las personas de una multitud”. El descubrimiento de tal concepto es de la misma naturaleza que el del famoso huevo de Colón, con la importante diferencia de que este, además, descubrió América. 

No hay un solo populismo, y derivados tóxicos, que no esté fundado en hechos alternativos, que es como decir en el desprecio de los hechos o el ascenso de la ficción a categoría dorsiana. 

Hasta hoy los hechos alternativos eran exclusivos de la literatura. El “final feliz” de una novela es un hecho alternativo, porque todo el mundo sabe que las cosas de esta vida no sólo carecen de sentido, sino que además suelen acabar mal. Y cuando acaban bien, la gente prudente baja la voz, por temor a despertar la envidia de los dioses, y dice: “No acabo de creérmelo”. Tal es el secreto del éxito de las novelas. Pero se equivocan quienes piensen que el concepto de “hechos alternativos” fue mérito sólo de la señora Conway. Estaba en el ambiente. Cuando  Tarantino hace una película sobre Hitler en la que se cuenta que este no se suicidó en su búnker, sino que murió a manos de un poeta de Hollywood (por aquello de la justicia poética) que le revienta los sesos con un bate de béisbol, está presentado hechos alternativos, y abriendo el camino más terrorífico de todos, el de no saber qué es real y qué es ficción. De ahí a que esta sociedad se vista de supermán y se lance por el balcón, sólo hay un paso. Lo estamos dando.

   [Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 12 de marzo de 2017]